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La habitación sin puerta


Veronica Tucker

 

Empieza con un pequeño olvido. El borde de un dolor de cabeza, el zumbido bajo las costillas, la razón por la que empezó a contar cosas. La pastilla es redonda, discreta, una luna diminuta. La traga y el cielo dentro de su cabeza se apaga.

El alivio llega como un desplazamiento de paredes, sin estruendo, sin crescendo. Solo ausencia, de la que sabe a nieve o a estática. Su cuerpo deja de pelear consigo mismo. Sus articulaciones tararean nanas. Deja de temer el sonido de su propia respiración.

Pronto, la pastilla ya no se toma. Se recibe, como un sacramento, como una promesa hecha bajo el agua. El tiempo se vuelve poco fiable, se repite, se detiene, se adelanta como un disco rayado. Se observa a sí misma untando tostadas tres mañanas seguidas y ninguna se siente como ahora.

Empieza a soñar despierta: zorros en la bañera, un pasillo que termina en su propia boca, dientes de vidrio. El espejo olvida su rostro.

Cuando se acaban las pastillas, las paredes comienzan a sudar. La piel le pica desde adentro. La luz se vuelve insoportable, como si la miraran demasiado. No sabe si la casa se está encogiendo o si ella se está volviendo demasiado afilada para el espacio. Su sombra se despega. Su nombre parece mal escrito.

Intenta regresar a sí misma, pero falta la puerta. Solo está la habitación. Y el recuerdo del silencio. Y el fantasma de algo dulce, apenas fuera de alcance.


 

Veronica Tucker es una médica doblemente certificada en medicina de adicciones y medicina de emergencias. Su mecanismo de acción incluye unirse con alta afinidad a los receptores de metáfora. Estudió español, vivió en Sevilla y todavía sueña en pretérito imperfecto. Puede causar mareos, introspección o una repentina fluidez en el duelo. No interrumpa su escritura de forma abrupta.