addanomadd


MAGIA INJUSTIFICADA

Dana Catharine

 

Mi compañera Karen y yo cumplíamos años los primeros días de noviembre. Habíamos decidido desde hacía un año celebrar juntas nuestros “dulces dieciséis” con una fiesta en su casa. El plan de la fiesta seguía adelante a pesar de que estaba hospitalizada, y ya llevaba más de tres semanas así, con varios ataques de una enfermedad auto-inmune. Unos días antes, había tenido una calentura de 40.6 grados que los médicos no lograban controlar. Yo veía ángeles a mi alrededor. Los médicos sugerían baños de hielo y eso me parecía interesante pero, al final, su decisión fue que tomara dosis masivas de prednisona. Después supe que la prednisona podía bajarte a lo más profundo de la depresión o elevarte a las cumbres de la euforia. Por lo general, mi naturaleza era la de un Golden Retriever, así que aunque las píldoras pusieron fin a mi calentura, también me dispararon a otra dimensión. Me tenían sentada en la cama del hospital felizmente mirando películas en la pared, películas hechas por mí. Películas producidas por la prednisona y dirigidas por mi imaginación. Entendí el Secreto de la Vida mientras veía un árbol crecer y florecer, decorado con las caras de mis amigos. Desde la ventana del séptimo piso del hospital, los saludaba cada mañana cuando salían de la Catedral de St. John the Divine, después de echarse enteras las oraciones matutinas anglicanas. Extrañaba a mis amigos. ¡Mis amigos! ¡Todos estaban en la fiesta! Tenía que compartir con ellos lo que había aprendido. Había un teléfono público en el pasillo no lejos de mi cuarto. Tenía una misión que cumplir. Llamé a Karen y recibí muchos buenos deseos, pero luego, por alguna razón, terminé hablando con Paul. Aunque habíamos sido compañeros desde primero de primaria, no creo haber tenido jamás una conversación con él. Nosotras las chicas despreciábamos a los chicos. Es verdad que éramos más listas y más trabajadoras, y amábamos la escuela. Los chicos parecían oprimidos, despreciados por la facultad, y con frecuencia se metían en líos con la muy estricta Madre Superiora, la Directora de la escuela. “¡Paul! ¡Ya sé cuál es el secreto! ¡Es el amor! ¡Tienes que amar a la Madre Superiora! ¿No te parece estupendo?” No me acuerdo lo que me contestó Paul, o si me contestó. Nunca mencionamos esa conversación en los años posteriores. En aquel futuro yo me sentía avergonzada, como si hubiera ido a la fiesta y hubiera bailado en mi ropa interior raída, andrajosa. Mucho más tarde, esa misma noche, después de la llamada telefónica, me levanté, saqué la silla del cuarto hasta la mitad del pasillo y comencé a cantar en voz bien alta los villancicos navideños. Y me sabía todos los segundos versos. 

 

De acuerdo a la documentación del hospital de aquel día, quedaba claro que había experimentado alucinaciones provocadas por la enfermedad, sin mencionar nada de la sobredosis de prednisona que fue corregida inmediatamente después.

 

De joven, Timothy Leary sugería tomar LSD para expandir la mente, pero Dana Catharine prefería alcanzar las alturas del Olimpo leyendo textos clásicos. Advertencia: La sobredosis puede provocar dolores de cabeza.