Tragarse
mentiritas blancas
Jim Kemp
He sufrido en silencio. ¿Tú no?
Al recorrer los pasillos fluorescentes,
conteniendo el dolor bajo tapas a prueba de niños.
Al no hallar sabiduría en la aflicción,
ingiriendo el alivio en miligramos.
Nuestra cultura —
estridente, violenta, temerosa—
no puede o no quiere tolerar la dilación,
ni el misterio,
ni la larga y brutal instrucción de la perseverancia.
En cambio:
Tragamos.
Para metabolizar nuestra desesperación,
disolviendo nuestra alarma en el ácido a la venta
sin receta
o, mejor,
solo con ella.
Cada píldora es un voto:
por conveniencia sobre contradicción,
por silencio sobre síntoma,
por claridad química
bajo una política alérgica a la ambigüedad.
Lo llamamos “cuidado”.
¿Pero qué es lo que se cuida?
¿A la persona? ¿O la mera actuación de la persona
—sonriente, trabajadora, sumisa,
lista para volver al trabajo el lunes?
No hay alivio ritual ni soledad libertadora—
ni siquiera el deleite sensual de una bata—
solo nuestro sacramento diario de eficiencia.
Pequeñas hostias blancas del olvido,
siempre a la mano.
Lo innombrable
se receta.
Lo lamentable
se anestesia.
Un discreto acuerdo.
Alinearnos al remedio sistemático
no nos absuelve de la herida invisible,
pero seguimos tragando,
deseando algún día despertar
por fin
bien.
A Jim Kemp le gusta que su escritura se disuelva lentamente —agridulce y liberada gradualmente para máxima absorción. O a veces bajo la lengua para que el impacto sea inmediato.