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Tres


LB

 

Siempre las mismas Tres Cosas, cada vez que el Narcan se suministra. No importa quienes son, donde fueron encontrados, o qué tipo de cóctel de opioides navegó con sigilo por sus venas —siempre, inevitablemente, las mismas Tres Cosas.

La primera es despertar. De súbito y de una forma inimaginablemente violenta. No como desperezarse del sueño, sino tras ser jalado del agua turbia bajo una gruesa capa de hielo, rompiéndolo con un sobresalto histérico. Ojos muy abiertos, salvajes, pupilas en extremo contraídas —emociones agitadas y en veloz secuencia, el terror fundiéndose en confusión y furia, como si el subconsciente no pudiera decidir de qué agarrarse.

La segunda es el vómito. Doloroso, arcadas del cuerpo entero; un reflejo animal, una purga repentina cuando los opioides son privados de los receptores y reemplazados de prisa por la naloxona. Misterio y medicina expulsados a la vez, dejando atrás un vacío. 

La tercera es el colapso emocional. A veces emerge agresivamente, una indignación rabiosa por haber perdido el máximo high. Otras veces, una tristeza dócil y profunda brota de un sollozo trémulo, el remordimiento fluyendo desde un lugar más profundo que el cuerpo mismo. Rara vez con gracia, pero siempre conmovedora.

Siempre las mismas Tres Cosas —una coreografía cruda que se repite en ese espacio tan estrecho entre el ser y no ser. Brutal, implacable y, sin embargo, marcado por el candor de otro mundo. Un destello fugaz de algo tierno, algo humano e innato, que sólo es revelado a través de este caos único, antes de ser silenciado por las estridentes sirenas y sus intermitentes luces rojas y azules, hasta la próxima vez.

 

 

LB es pura paradoja porque evita cualquier tratamiento en su práctica médica.