A medida que con elegancia envejeces,
igual que la más antigua defensa imperial,
toma una taza de té,
verde o negro,
de hojas sueltas o en bolsita,
y digiere una a una
las unidades de vitaminas y colesterol,
corazón y hernia, molleja y barranco,
hasta que hayas ingerido una inversión
en la Médica estadounidense, “Le mantendremos vivo,
en el mejor estado que nos sea posible,
dado el exceso o el límite
de sus propios medicamentos de los últimos
diez, veinte, treinta,
cuarenta, cincuenta, sesenta,
setenta, ochenta, noventa
o los años que haya invertido.
Claro que su mente está despejada,
un borrón y cuenta nueva, por así decirlo,
pero la reprogramaremos enseguida
por una suma no muy alta.
Firme en la línea punteada.”
Las líneas se rompen a la mitad
luego se astillan en tres,
y tu destino se mide
con el golpe de dados,
el barajeo del tallo de aquilea,
el balbuceo de los garabatos
de hace casi tres mil años.
Un antiguo rey los pronunció,
y los sabios los interpretaron,
y los especuladores los controlaron
hasta que los miserables se hicieron cargo
y te quedaste mirando tu hilito de aptitud de espantapájaros
suplicando por un día más
para tomar un tazón de pildoritas
o siquiera rajarte el cuello
y deslizarte hasta las aguas turbias.
Ihor Pidhainy nació en un lugar muy frío en pleno invierno sin la ayuda de ninguna pastilla. Ya que aborrecía el clima, convenció a sus padres de mudarse dos veces hasta que se establecieron en un lugar muy caluroso plagado de pastillas. Demasiado caluroso para ellos, trasladaron a la familia de vuelta a un lugar mucho más fresco con un invierno funcional y un sistema farmacológico regulado. Sin inmutarse, Ihor se convirtió en un adulto y encontró un hogar en un lugar caluroso una vez más y dejó la ingesta de pastillas como un misterio hasta el día de hoy.