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Encantamientos, Jennifer Olson

 

ENCANTA-MIENTOS

 

 

de Jennifer Olson

Hace poco leí El invernadero encantado, de Sarah Beth Durst, una novela de fantasía romántica—con cubierta púrpura aterciopelada y páginas verdes pulverizadas—que cuenta la historia de una bibliotecaria que usa magia ilegal para convertir una planta de araña en una compañera amigable y consciente. Como castigo, el emperador confisca su creación y convierte a la bibliotecaria solitaria en estatua. Congelada y solidificada en un estado semi-consciente, permanece en exhibición en la Sala de Lectura Norte como advertencia de lo que les sucede a quienes desafían la autoridad en la búsqueda del conocimiento.

 

Mientras escribo este texto en una de las bibliotecas más icónicas del mundo (piensa en Ghostbusters), me maravillo ante el concreto: leones—apodados Paciencia y Fortaleza por el alcalde LaGuardia durante la Gran Depresión—que casi fueron bisontes (¡o castores!); mármol de Vermont—el 65 por ciento de la piedra extraída se consideró demasiado defectuosa para tal grandeza—las paredes, arcos y pisos tan inflexibles que los empleados pidieron zapatos con suela de goma para aliviar la tensión; los 4 millones de volúmenes de investigación almacenados a 30 pies bajo Bryant Park; las 125 millas de estanterías de acero; la placa de piedra que dice: “Aquí están inscritas las palabras de un inmigrante cuya vida fue transformada por la biblioteca y cuyo patrimonio ahora la enriquece. En memoria: Martin Radtke 1883–1973”; los techos abovedados de yeso con rosas esculpidas y murales dignos de Miguel Ángel; las sillas chirriantes de roble; las lámparas de mesa de latón—y libros—muchos libros.

 

La biblioteca guarda un sinfín de tesoros y curiosidades: mechones de cabello de Charlotte Brontë, Mary y Percy Shelley, Walt Whitman y Wild Bill Hickok; 45,000 menús de restaurantes; el bastón de paseo de Virginia Woolf; el escritorio y el abrecartas de Charles Dickens; el First Folio de Shakespeare; la Biblia de Gutenberg; el discurso de despedida de George Washington—y una copia original de la Declaración de Derechos.

 

A pesar de este maravilloso tesoro, la guía de audio de la biblioteca afirma claramente que este lugar nunca fue destinado a ser la residencia privada de un rey. Considerado “el Palacio del Pueblo”, el Edificio Stephen A. Schwarzman fue inaugurado en 1911 por el presidente Taft para satisfacer las necesidades de todos los neoyorquinos.

 

Como afirma Toni Morrison, “El acceso al conocimiento es el acto soberbio, supremo de las civilizaciones verdaderamente grandes. De todas las instituciones que se proponen lograrlo, las bibliotecas públicas gratuitas son prácticamente las únicas que cumplen con esta misión.” 

 

¿Pero qué sucede cuando nuestros líderes actuales no valoran el acceso del público al conocimiento gratuito? En marzo de 2025, el presidente Trump emitió una orden ejecutiva para desmantelar el Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas, que el año pasado proporcionó más de 266 millones de dólares en subvenciones a museos y bibliotecas—125,000 de ellos—en todo el país.

 

¿Qué sucede si nuestro “palacio” y otros “palacios” del país son despojados de sus tesoros? Perdemos lo concreto y lo abstracto.

 

Perdemos

las

Estanterías.

 

Perdemos El Gato Ensombrerado, El León, la Bruja y el Ropero. Perdemos las puertas hacia la fantasía y las escapatorias que nos alejan de las duras realidades.

 

Perdemos los lugares donde jugar.

 

Perdemos libros infantiles, revistas a color, publicaciones periódicas en blanco y negro—y nos quedamos—

en la grisura.

 

Perdemos la traducción, los manuscritos, el idioma, nuestra capacidad de debatir sobre asuntos grises. La materia blanca. Las conexiones neuronales entre nosotros y nuestros antepasados.

 

Perdemos misterio, realismo mágico, suspenso, thrillers, romances paranormales, poesía, ficción especulativa, ciencia ficción, ficción histórica, ciencia, historia, historia del arte, biografía, autobiografía, memorias—autoayuda.

 

Perdemos clases de fitness; clases de nutrición; talleres de jardinería; residencias para escritores y artistas; noches de manualidades y bricolaje; proyectos de historia local y oral; libros electrónicos; préstamos interbibliotecarios; programas de lectura de verano; programas de lectura con animales de terapia; programas de codificación y STEM; programas de alfabetización digital, financiera y de idiomas; talleres de registro de votantes, educación cívica, formación laboral y elaboración de currículums; servicios especializados—recursos de salud mental.

 

Perdemos “La Biblioteca de las Cosas”: moldes para muffins, máquinas para hacer pasta, máquinas de helados, juegos de fondue, fuentes de chocolate, máquinas de coser, impresoras 3D, cortadoras láser, robots de LEGO, proyectores, caballetes de arte, juegos de pintura,tornos de cerámica, guitarras, ukeleles, teclados, juegos de mesa, videojuegos, bicicletas, patines en línea, raquetas de nieve, equipo de campamento, cañas de pescar, herramientas eléctricas—semillas.

 

Perdemos un lugar tranquilo para pensar—el codiciado escritorio junto a la ventana—un respiro frente al calor, el frío y el bullicio de las calles—el privilegio de irritarnos con el tecleo de las computadoras, el arrugar de los periódicos y el

 

“shhhhhhh” de los bibliotecarios malhumorados.

 

Perdemos artefactos, conservación, circulación, restauración, innovación—nuestra conexión con la verdad:

 

el archivo y el acceso gratuito a Internet (incluso si son noticias falsas).

…¿Qué me estoy olvidando de mencionar?

 

Diecinueve minutos

Forever

Vendida

Este libro es gay

Incendiario

Género Queer

Crank

Ojos azules

No todos los chicos son azules

 

En caso de que El invernadero encantado de alguna manera llegue a la lista de

 

libros prohibidos de tu biblioteca local, 

 

te diré cómo termina.

 

El emperador es derrocado y se restaura el acceso a la magia (inofensiva)—ya no reservada únicamente para poderosos hechiceros.

 

La novela se siente como ese abrazo cálido que quizás dábamos por sentado, mientras nos quedamos—

 

navegando—por espacios liminales.

 

Jennifer Olson es poeta y profesora de idiomas, madre de niños y gatos. Rodeada de tantas criaturas parlanchinas y hermosas, valora los momentos de sosiego y soledad, y a veces fantasea con ser bibliotecaria.