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Caballitos de mar


Luther Fox

 

Tienes un buen brazo para lanzar, pienso en la enfermera venosa que se acerca a la orilla de la cama para quitarme la bacinilla. Cuando regresas, me fascina la sangre que corre bajo tu piel, visible cuando clavas esa aguja en mi carril, cuando me das ese cubito de papel arrugado lleno de pastillitas rosas. Mientras esté en esta cama de hospital, tranquilízame, porque nadie sabe el estado en el que me encuentro. Si tú lo sabes, si otra vez me traes las rosas, me arrodillaré y fingiré que rezo. Déjame ser tu jefe, déjame reventar tu bronco. Cálmame, por favor. Si tú lo haces, guardaré silencio sobre este asunto; hasta podría convertirme en tu depredador o en tu presa sumisa. De nuevo, nadie sabe cómo me encuentro. ¿Recuerdas el consuelo de un amante que las pastillas no pueden dar? Acato esa posibilidad, pero al hacerlo, el recuerdo activa el dolor en mi mente. Dentro de mi cabeza, hacia el torrente sanguíneo. Déjame chupar el contenido de ese dedal que llevas en el meñique y que luego te quitas para echarle más Tic Tacs. De vez en cuando, cuando aceptas mi súplica, los miligramos se multiplican al suministrarme los químicos. Ahora que los componentes se instalan, conduzco por esa carretera montañosa, la I-40 desde el oeste de Asheville en dirección a Nashville, a través de Knoxville, mientras las nubes bajas rodean la vegetación. La carretera serpentea en un subibaja, así que me agarro al volante con fuerza. La lluvia escupe en el parabrisas más rápido que la irrigación involuntaria de los viejos tráileres infringiendo en la distancia; al rebasarme, sus conductores se empinan estimulantes a raudales cual mecanógrafos drogados. La niebla envuelve la caravana de semirremolques por el retrovisor; desaparecen temporalmente como el punto ciego del conductor hasta que reaparecen y me sobresaltan, y yo, a su vez, sobresalto a la pasajera. Así que ella intenta calmarme y pone una versión en vivo de la canción “Nurse With The Pills”. Aunque sigo nerviosa, empiezo a acomodarme y a tolerar el camino hasta que el río de baba en mi almohada me recuerda que todavía tengo un catéter puesto antes de tomar la salida y entrar en un aparcamiento de camiones entre gasolineras y cadenas de comida rápida que promocionan cajitas felices con pastillas de cianuro con la esperanza de que ciertos jefes de estado pasen por el autoservicio dispuestos a jugar a la ruleta rusa.

 

 

Luther Fox prefiere trajes cuyos bolsillos tintinean con botellitas del color de las baterías, llenas de grageas que alteran el mercurio cuando te atrincheras durante temporadas bajas.