Antes de suicidarse, mi hermano dejó un corto en su celular que él mismo protagonizaba y que filmó a la luz de una linterna en su campamento. Hizo que una lluvia de lágrimas descendiera por mi cara y salpicara los tablones de la sala de mi madre. Había estado tratando de contarle a mi madre de Violeta y de cómo se las ideaba para hacer que me llevara todo lo que había dejado en su casa, algunos libros que le había permitido tomar prestados, una barra de mantequilla. De cómo anoche Violeta había accedido a que la acompañara a caminar con su perro Trina pero que no me sirvió ni una gota de té y que en cambio me dijo que no comprara la miel de maguey para ponerle al té que a veces hacía para mí, té verde. Mi hermano me pidió que por amor a él no renunciara a Violeta, que no me diera por vencido como él se había dado por vencido pero, claro está, solo era su fantasma el que hablaba.
Traducido al español por M. Iracheta