No quería ni podía pensar en nada, ni sacar ninguna
conclusión. Solo podía mirar y respirar, porque su cuerpo
lo hacía automáticamente.
Un tiempo indefinido se cumplía de un modo cíclico,
el colectivo llegaba y se iba, la parada quedaba vacía,
y se volvía a llenar. La gente que esperaba cargaba siempre
con algo. Llevaban sus cosas en bolsos, en carteras,
bajo el brazo, colgando de las manos,
apoyadas en el piso entre los pies. Ellos estaban ahí para cuidar de sus cosas,
y a cambio sus cosas los sostenían.
–Cuarenta centímetros cuadrados, Samanta Schweblin