Oda al Zolpiderm
por (para, según, sobre y tras)
Carmen Boullosa, Condesa Dí
Llaman así a mi sol, y se apellida así mi piel,
que es decir, en una sola palabra
(adornada-con-la-zeta-de-un-zorro),
Zolpiderm.
Zolpiderm: sol y piel (de ahí eso de “derm”),
el Sol vuelto un Zol (un zorro, ¡lol!), y mi piel,
inclinada ante una sílaba con p en minúscula,
la piel sábese a punto de ser tostada y comida por Sol, el feroz Zol)
(¡oh!, eso ha sido mi vida entera,
verme comida por el sol,
el sol del día, el Zol de díaynoche.)
Zolpiderm,
con esa sílaba “pi” clavada enmedio de tu nombre
entre Zol y Derm,
un sonar anómalo, un certificado de 3.1416
que yo torné en “di”,
que maduró
en “Di”.
Me lo debe a mí, porque yo soy,
yo soy,
la Condesa Dí, y yo lo contagié, al Zolpidem.
Quien no entienda mi ser la Condesa Dí,
ya me dí-rá porqué.
Yo no pongo en duda el título.
Yo soy soy un “¡Dí!”,
“Dí” es el mandato al escritor:
“tu oficio es decir, ¡dí!”.
Así es cómo el verbo dicho en imperativo está en el nombre de Zolpidem,
Y es por la proximidad de la Condesa, ¡Dí!
-vuelvo para hacerlo claro:
el ser escritor obedece a un “dí”, aunque se sea poeta,
así el poeta lo atienda apenas:
el “Dí” del escribir, en el poeta es un
“Dí y es-conde”.
El pobre escritor nomás se esclaviza al “¡Dí”,
en este mundo terrible es un mandato asfixiante,
por esto se congela sin ser un Conde, porque no es-conde.
-¡ay!, en cambio (un ¡ay! de placer),
¡ay por las palabras del poeta,
tan cargadas de silencio,
palabras que más dí-cen con lo que callan,
más hablan con su silencio!;
más que decir o explicitear
vuelven al lenguaje un diálogo que no-es-dí del verbo decir,
no obedece a ningún mandato!-,
¡ay!
¡el ay fiel del poeta!
¡fiel al silencio del mundo!
¡fiel!
¡al silencio!
Pi, el 3.1426 que está encajado en la palabra Zolpiderm, maduró,
se apersonó o empalabró con un dí,
dí cuyo crecimiento se debe a mí, la Condesa Dí,
a mi espesa nobleza de poeta (perdonar la arrogancia):
el Dí entre el sol y la piel
es, porque soy poeta, ese asunto.
Pues es (aunque es es se repita), es (tres) más audible el silencio del poeta,
y más el de la poeta (cuatro)
porque ella …
no es como la piedra dura de Daría, porque ella está,
porque es mil veces mejor ser Condesa de Dí que Conde Dí,
no hay duda – no es ser un ser sexista (siexte)-.
Quien no entienda mi título de nobleza (Condesa Dí),
ya me di-rá por-qué.
Yo estoy segura de lo que digo.
Soy un indudable bastantito “dí”, del verbo decir:
porque el ser escritor obedece a un “dí”,
aunque se sea poeta,
porque, de ser poeta, el escritor por suerte vive libre del “dí”, en salvedad:
si es poeta, quien escribe
dice y es-conde.
Yo (arrogante escribir de un Yo, otra vez, pero consideren soy una Condesa Dí),
yo soy escritora y soy poeta, de ahí que yo lo sea
(porque mi ser por escrito obediente dice, y mi yo por poeta
se ahoga en el silencio,
y para ser honesta poeta es automáticamente ser es-conde).
Y sí: en los pasados versos repetí: porque el silencio se escapó a las palabras de
dos maneras.
El poeta se les escapa. Se les es-capa. Una capa, un filo, un arma
que les desarma.
Hablo en carácter de Condesa Di.
Mil veces mejor ser Condesa que Conde,
no hay duda de eso,
por eso Coral, Negroni, Delmira.
Ser Condesa es ser en activo, ser un perpetuar escondidillas.
El pobre escritor sólo obedece al mandato nomás, agachadito se congela en Conde,
no se es-conde.
Lo poeta, ya lo dije, & lo repetí
es Conde
y más mis Condesas, ¿ya me oíste, Ida? ¿Vitale?
Aunque te enojes, aunque me absurdées: Ida, que no Ido,
sería un cantar distinto.
Si es cantar.
Decir cantar es absurdido
absurdcármeno
absurdvolkow
absurgervitz
absurdnosotras,
cada una tan distinta
a las otras.
Pero.
Por el momento, a lo que iba:
mi sol y mi piel:
sea bendito el Zolpiderm, con su seudónimo, Ambion,
aunque de paso sea maldito,
por lo malito:
yo ni duermo, y tampoco duermo sin él.
Por necesidad, vivo con él.
Aunque no sirva para-náa,
no sé estar sin él,
así me digan los doctores no es adictivo, yo sé,
sé con quién vivo, contigo: Zolpiderm.
De lo que nadie duda, es de su calidad de píldora,
mejor dicho de pastilla
(pastilla (¡qué palabra!),
es de Paz una apostilla decir pastilla, que no Elena o MariJo, oh no).
Yo en él (en sus seudónimos, o en Zolpiderm) confío
para dormir, aunque no duerma,
y si acaso duermo, será mal,
no siempre por nuestra culpa (la mía, y la del sol o el zol-pi-derm).
¡Ay, Tomás! Quede claro que de Octavio (el Paz) no es la culpa de mi insomnio.
Si fuera de alguien, los expertos lo atribuirían a Villaurrutia,
pero el insomnio, la verdad, no es cosa de él:
Cuesta fue el insomne,
aunque yo con Cuesta no me acuesto,
aunque lo adoro y
me duela su emascule.
No es él. No es Jorge, no es Francisco. No es nadie, ni él, ni ella.
En todo caso, si están tras citas, con Cuesta, no, y
quiénsabededónde salí yo, la Condesa Dí, en lo que respecta al no dormir.
Nada que ver con el oficio. Nada conmigo. Nada con un sofá
o confesionario.
Está en mí. Mío. A prueba de todo, óyelo, Zolpiderm.
Yo aún deseo dormir.
¿Y a quién le importa?
Lo que sí nos importa,
es:
mi fe está en mi derrota, en Zol-pi-derm.
Las dos (fe y derrota) son la misma cosa: una píldora
que es pastilla.
Y nimodo: nací insomne:
las jaquecas que les di a mis papás,
porque vagué por las noches
desde tan niña,
¿y de bebé? ¿en la cuna?…
no me acuerdo,
así me vea rogándoles en llanto,
mi balbuceo:
: ¡dénme mi Zolpiderm!
: dénme al inútil.
: dénme.
: fe y derrota.
Las jaquecas que les causé a padreymadre, decía, las he pagado
con creces, con intereses por los que nunca firmé,
ni firmaré, un pagaré
así me dejen sin Zolpidem.
Moriré sin dormir,
tal vez muy pronto.
En todo caso, moriré algún día,
y mi vida será una noche entera,
perfecta,
con o sin Zolpiderm,
o con o sin su seudónimo – el último que he probado es Noctil, años fue Ambion,
y he rebotado en otros,
tampoco adictivos,
pues son cien por cientamente Zolpiderm,
aunque no pueda vivir sin lo que es un píldora,
ni pueda imaginarme sin ésta la muerte,
aunque yo sea la Condesa Dí.
Insomne.
Para mi suerte.
Carmen Boullosa tiene un pastillero coreano en su mesa de noche. Además de las píldoras para dormir, la cajita atesora una pequeña cápsula de brillante rojo intenso y traslúcido. Carmen no sabe quién la puso ahí, ni tiene idea de lo que contiene. Ha decidido no sacarla del pastillero, nunca. Considera que esa pildorita es su compañera más leal.