Sanguijuelas
Belmont DeForest
Imagina colarte entre los estantes con una bibliotecaria que se quita sus gafas de ojo de gato y se suelta el cabello, sacude la cabeza para liberar rizos que se enroscan hasta la parte baja de su espalda / hasta la parte superior de sus caderas mientras levanta su falda a cuadros para ofrecer su centro, ella, la bibliotecaria, vestida con medias sujetas por encaje que llegan a la parte interna superior de sus muslos, medias que no logro decidir si deben quedarse o quitarse hasta que elijo no hacerlo pero permanezco dividido. Léxico de textura de entramado. Estos bordes de encaje anuncian la entrada a su callejón sin salida y marcan donde el deseo se convierte en Demasiado nunca es suficiente. Déjalas puestas para los lectores y para mí como complemento a los contornos de tus curvas. ¿Qué piensas sobre la elección? Me pregunto qué ocurre dentro de las mentes de las bibliotecarias cuando se liberan y despliegan. Optas por mantener tus medias puestas, al parecer. Invitante, pero huidiza, es difícil decidir con tanta escultura marmórea. Está algo oscuro en la biblioteca, baño público de fibras reanimadas, aunque podemos vernos algo con el parpadeo de las luces del techo, y la luz del sol otoñal entra entre las cortinas de unas pocas ventanas mientras un soplador de hojas hace un escándalo afuera.
Luego, la bibliotecaria agarra mi corbata y nos arrastra hacia otro pasillo de libros que parecen no estar fijos sino más bien levitando sobre tablas que se asemejan a cubiertas de barco. Agarra una parcela magnéticamente. ¡Tírala del estante! En ese instante, la bibliotecaria sostiene en sus manos, con esas uñas que se clavarán en mi espalda cual pasión punzante de salón de masaje, un ejemplar de Terra Nostra envuelto en plástico mientras los fluidos comienzan a aflorar bajo las telas. Enlace insaciable. La bibliotecaria dice: “Respiremos juntos”, así que bajamos nuestras narices, la suya de porte romano, hasta el libro abierto para inhalar el aroma de las páginas, madera en movimiento, y no consideramos los números 484 y 485 en la traducción que ella sostiene cuyos números inserto después del encuentro porque, inicialmente, estoy vigente ante el cuerpo, por lo tanto no cuento, hasta que su ubicua fragancia me lleva a derivar del presente hacia lo condicional y luego empezar a anhelar futuros encuentros de carne mientras sigo aquí en este lugar en algún punto del mundo. Aparentemente, la bibliotecaria encuentra la fuente de su perfume al toparse con una vela encendida en el vestíbulo del ático de un expatriado y se siente lo bastante sobrecogida como para buscar el aroma de sándalo besado con labios y lamido por lengua mientras susurros de mi boca se abanican sobre su cuello, algo que no logra descifrar del todo, pero recibe los jirones de mi deseo sin decir: “¿Qué estás diciendo? No puedo oírte.” Mi deseo es, repito, “Déjame probar tu sangre.”
Si las sanguijuelas chupan sangre, quienes eligen salvar libros en lugar de salvar humanos podrían ser acusados de biblio-sanguijuelismo. ¿Recuerdas al escriba impedido, aunque sin degeneración de su voz, que considera que un solo perro vale más que todos los relatos contados, además de afirmar que diez minutos de la vida de cualquier persona valen más que todo el archivo de una biblioteca? De manera pertinente, la bibliotecaria de arriba conversa con otro amante durante su visita a la cripta sobre la idea de preservar una vida, incluso una docena de vidas, o preservar los restos culturales recopilados conocidos como libros y confiesa que la perspectiva de quemarlos la perturba más que eliminar a un puñado de personas, si hay que elegir, cuando percibe una pila de páginas encuadernadas en piel en llamas, humeante junto a las mangas de cuero de los culpables que arrojan libros a hogueras donde las brasas saltan, los culpables—soldados con botas altas y guantes sujetos a perros que se abalanzan para mutilar a manifestantes que protestan contra un decreto para eliminar todas las copias del Jardín de las Delicias Eróticas del Berlín de los años 1920 por el bien de la especie. ¿Cómo afrontan otros esta cuestión de las llamas? ¿Es la vida o la letra más o menos prescindible, y cambiamos de opinión cuando la persona en el tajo es nuestro ser querido o un vecino en lugar de un extraño de otro siglo?
Hablando de alemanes, viajemos al África Oriental alemana hacia 1914 a través de la serie de cine de verano de una biblioteca local donde uno entra en la sección de publicaciones periódicas del piso principal cuyos ejemplares internacionales se sujetan a palos de madera, también llamados perchas, zeitungshalters en alemán, antes de descender por debajo del nivel del mar a la sala de proyección del sótano para ver The African Queen de 1951 de John Huston (adaptada de la novela de 1935 de C. S. Forester que se erige en los estantes de bibliotecas de todo nuestro planeta), protagonizada por Katharine Hepburn y Humphrey Bogart, quien gana su único Oscar por la actuación. La película narra la conversión de la pareja de un barco de vapor a lancha torpedera para destruir un buque de guerra alemán que patrulla un lago río abajo e impide que los británicos ataquen. En una escena memorable, poco después de navegar los rápidos y perder la potencia del motor, Bogart salta por la borda para arrastrar el African Queen con una cuerda mientras Hepburn al timón atraviesa juncos infestados de sanguijuelas; Bogie suda ginebra por los poros y esas sanguijuelas se le adhieren, decenas de sanguijuelas chupando sus extremidades de la misma manera en que el narrador narra el deseo por la bibliotecaria, de la misma manera en que los lectores sacan libros dispuestos en bibliotecas impregnadas de divinidad en nombre de la supervivencia de la dilatación del tiempo sin devolver nada a las criaturas que curan dichos libros en esfuerzos por galopar galaxialácteaestrellamateria y, de hecho, saquean libros en bibliotecas como colonos ocupando tierras ajenas. Claro, los lectores leen como sanguijuelas que no devuelven servicio a los libros o a los hábitats; sin embargo, quizá los lectores practican la reciprocidad resucitando voces de palabras [“por capricho”] mientras leen y luego otra vez cuando las palabras resuenan más allá de las páginas, varias horas después, digamos, en un paseo en bicicleta o en conversación con un amigo. Oh, majestuosas bibliotecas de antaño, ¿qué dicen vuestros rollos… de pirámides y planetas, serpientes y rascacielos, de fregaderos de cocina, volúmenes de vampiros y aspiradoras, de molinos de viento y ballenas, de chupasangres? ¿De los decimales Dewey?
¿Y qué hay cuando un agresor te acorrala en la sección de braille con la ambición de chuparte la sangre y, cuando resistes el avance, te persigue fuera de la biblioteca hacia la calle? ¿Es la adrenalina producida por la persecución y tu intento de escape más potente que la que producen la mayoría de las escenas en libros o películas? Las bibliotecas funcionan como repositorios oceánicos que contienen ecosistemas de arrecifes de coral llenos de plancton. “¿Qué tiene de grandioso la Gran Barrera? ¿Qué tiene de fino el arte?”, canta una balada hecha trizas. Dicho sea de paso, por el bien de la sangría, imagina el saco fúngico de una garrapata hinchado de sangre, chupando el cuello de un perro, luego maneja pinzas calientes como un bisturí para la extracción. Finalmente, por ahora, tengamos en cuenta los dormitorios y los hospitales y las bibliotecas y las escuelas y las oficinas de correos y los bancos de alimentos y las letrinas y los búnkeres y los pozos y los cementerios en Palestina bombardeados hasta casi la extinción pero aún no la desaparición total. Digamos “No más” al mandamiento de Amén de “Así sea” con tal certeza, y digamos “Ni de broma” a los esfuerzos por erradicar la historia de ella, la de la bibliotecaria, no la historia de él, la del narrador, antaño segura en santuarios donde tú, querido lector, puedes saludar a nuestros fantasmas sin sangre que no palpitan en el presente.
El Dr. Belmont DeForest actúa como un cirujano cardiovascular que ve el corazón humano como un libro de proverbios alojado en una biblioteca hecha de tejido y hueso.