Un
Twist
en
Brooklyn
de LB
Salió del deli con paso firme y la confianza de un profesional. Su apariencia afable ocultaba la delincuencia de su verdadero comportamiento. A pesar de tener tanta experiencia, la tentación de vaciar sus bolsillos para inspeccionar el botín era insoportablemente irresistible, pero se contuvo y forzó lo que parecía algo entre paso tranquilo y brinco infantil hasta dejar atrás media docena de establecimientos.
Era útil tener doce años. El mundo no se fijaba en uno cuando las rodillas aún lucían las heridas de las caídas en el patio del recreo y el tono de voz aún no era grave. Nadie piensa en contar el cambio cuando los dedos de quién lo recibe apenas son más grandes que las monedas.
Sabía cómo y cuándo quedarse quieto, como aparentar curiosidad inocente sin ser vigilado. Un niño de esa edad en Brooklyn, paseando solo, no era nada inusual. Se deslizaba entre todo —callejones abarrotados, rutinas bien estudiadas y sospechas— como un bailarín de ballet. Había hombres que llevaban décadas vigilando gente y que nunca se hubieran fijado en él.
Ahora, a media manzana, sacó por fin la paleta de su bolsillo y la desenvolvió con dedos hábiles. El plástico se adhería al caramelo caliente como si no quisiera soltarlo. Se la metió en la boca y siguió avanzando.
Había sido un robo impecable —puerta trasera de la tienda, pasando el fregadero y los anaqueles repletos de latas de frijoles y cartones de La Lechera. La campana sobre la puerta no había ni siquiera sonado. Se había movido entre los estrechos pasillos como si hubiera nacido entre ellos, con una mano rozando el mostrador y la otra levantando discretamente la paleta roja de la irresistible vitrina, sin perder el ritmo. No había elevado la vista.
Así que no se percató de ella.
Estaba sentada justo al lado de la entrada, bajo un cacho del toldo, acomodada en una silla plegable con la tela agrietada. Siempre en el mismo sitio. Un suéter grueso incluso en agosto. Pantuflas con la parte trasera aplastada. Ojos de color asfalto e igual de implacables.
La señora Reyes.
Nadie sabía su nombre de pila. A nadie parecía interesarle demasiado, tan solo hacían pequeños gestos con la cabeza, como los que se da a los árboles por los que pasas todos los días pero que nunca tocas, y apartaban la mirada. Apenas se movía. Pero sus ojos, sus ojos podían ver a través del acero. Casi lo logró. Dos pasos más y hubiera estado a la vuelta de la esquina. Pero miró hacia atrás.
Y ahí estaba, quieta como una estatua. Una mano descansaba en su regazo, la otra se levantaba lentamente —con un gesto antiguo y decidido— hasta que su dedo deformado y nudoso le apuntó. No gritó. No dijo nada. Solo le apuntó.
Cuando le dio la vuelta a la esquina, los gritos le siguieron. La puerta mosquitera se azotó. Un hombre alto y ancho salió corriendo, con su delantal blanco salpicado con un arcoíris de especias, sujetando una cuchara de madera en una mano y en la otra un paño. Su hijo, más joven y esbelto pero igual de furioso, lo seguía con una pañoleta medio atada que se le deslizaba por la frente. El niño corrió.
Pasó la esquina por donde el asfalto estaba agrietado, después de la boca de incendios amarilla cubierta de capas de grafiti, pasó por el árbol con las corcholatas clavadas. La banqueta estaba llena de botes de basura y bicis apoyadas contra las paredes. Se abrió paso entre todo ello como un pez que nunca había conocido otras aguas. Pasó la pizzería con la E de neón rota, seguida de la lavandería desde donde el anciano observaba la calle a través del cristal empañado. La paleta permanecía metida en un lado de su boca, igual que un capitán masticando una pipa.
Los hombres de Reyes se acercaban —podía oír el ruido de sus zapatos golpeando el cemento, oír su respiración pesada y entrecortada, oír las groserías que atravesaban el tráfico. Pero no estaban hechos para esto. No como él.
Saltó por encima de un bote de basura abollado y trepó por la reja de hierro forjado con movimientos fluidos y bien ensayados. Había atravesado el callejón, cruzado la siguiente manzana y subido por la parte trasera de la biblioteca antes de que ellos siquiera llegaran a la reja.
El alféizar de la ventana del segundo piso crujió ligeramente bajo su peso mientras apartaba la vieja ventana de cristal hacia un lado. Se resistió, pero cedió, como siempre cedía. Se deslizó y cayó con suavidad sobre el suelo alfombrado del pasillo, aterrizando como un gato, con la paleta todavía entre los dientes, como si fuera un cerillo.
Adentro: el silencio, profundo y habitual. Un sonido como el tiempo contenido en manos ahuecadas. Su cuerpo se relajó mientras se movía entre las estanterías y subía las escaleras como siempre hacía: lentamente, sintiendo cómo cada músculo se relajaba mientras el silencio surtía efecto. En el tercer piso, en el rincón más recóndito y oculto, el calefactor zumbaba con el mismo murmullo suave que solía emitir todos los días del año. Su cojín estaba ahí. El alféizar. La curvatura del cristal ondulado reflejando los últimos rayos del sol. Se relajó y elevó sus piernas, moviéndose hacia los lados hasta acomodarse a la forma particular del lugar.
En el estante a su lado: un pañuelo doblado. Adentro —galletas saladas y lo que parecía un sándwich de jamón envuelto en papel encerado—. Abajo se oían las voces de los hombres de Reyes discutiendo con alguien. Ahora sonaban menos agudas, entorpecidas por la confusión. Otra voz —suave pero inamovible— respondía. Tranquila. Acostumbrada.
La señorita Moore.
Hablaba como acomodaba libros —con precisión y con el peso de una autoridad incuestionable. No le hizo falta oír las palabras para entender que ellos ya habían perdido. Arriba, el rincón contenía la respiración. A su alrededor había pilas creadas por él mismo —libros prestados de estantes polvorientos y olvidados y cariñosamente guardados, colocados como una reja. Una barricada hecha de tapas duras descoloridas y lomos de libros de bolsillo desgastados por dedos como los suyos. Nunca se llevó ni uno. Ni una sola vez.
Podía arrancar un Rolex de una muñeca entre un gentío, o un puñado de billetes de una caja registradora abierta sin pensarlo dos veces. Conocía los puntos débiles de las cerraduras de las tiendas y el sutil tintineo de los timbres débiles de las puertas. Pero estos libros, de su lugar más sagrado, no eran suyos para llevárselos. Eran demasiado especiales para eso.
Incluso ahora, sentía más su presencia que cuando los veía. Un ejemplar de El príncipe con la portada rota. Un Moby Dick con esquinas dobladas. Un volumen grueso de algún Steinbeck con el lomo quebrado. La encuadernación de tela roja del El viejo y el mar colado entre ellos, como si hubiera acabado allí por error y hubiera decidido quedarse.
La luz cambió. El calefactor zumbó. Las galletas saladas se deshicieron suavemente en sus manos. Unos minutos más tarde oyó sus silenciosos pasos subiendo las escaleras. Ella no dijo nada. Se quedó en el pasillo durante un rato, con los brazos cruzados sobre su suéter que parecía cambiar de color de forma natural con las estaciones, como las hojas. Lo observaba con una pequeña sonrisa. Hacía todo lo posible por reprimir la sonrisa burlona que se extendía por su rostro.
No levantó la vista de inmediato. Se concentró en los restos mordidos del palito de la paleta que tenía en la boca y miró fijamente a algún lugar cerca de la esquina de la ventana, fingiendo que le interesaba la pintura blanca descascarada.
Finalmente la miró cuando se le acercó y colocó un libro junto a él. Lomo gastado. Cubierta de tela verde. Sin sobrecubierta. No le hizo falta leer el título —él y ese libro se conocían bien.
Ella le acarició suavemente el cabello, provocándole una sensación de bienestar que él solo podía sentir ahí, y luego se dio media vuelta y bajó las escaleras sin decir nada.
Esperó a que se fuera, luego pasó el pulgar por el borde de la cubierta, reencontrándose con su viejo amigo antes de abrirlo y leer la primera línea.
«Entre otros edificios públicos que se alzan en la ciudad de…»
Suspiró cómodamente, se recostó, dejó que el calefactor zumbara a su lado y comenzó a leer.
~ Traducción al español de Josephine Puebla Smith
LB se la pasa armando estantes para darle cabida a su biblioteca, que es cada vez más grande.