querías en orden los libros
de la a a la z en los estantes
como las bibliotecas, clasificados;
yo, por tamaño o color o año
lo cual te parecía un fastidio
al no captar la lógica
de ese “pequeño detalle”
tan estético, tan subjetivo
y ahora que puedo hacer lo que quiera—
desordenarlos, dejarlos boca abajo,
hasta en el suelo bajo una taza de té,
de cualquier forma, en cualquier orden
no lo hago… no puedo—
y aunque ya no suspires ni mires
de reojo debido a mi indolencia
mantengo tu plan preestablecido:
libreros repletos de palabras
silenciosas —a veces subrayadas
por tu mano donde te conmovieron
discretamente— las cuales hallo
aquí y allá, notas escondidas,
como en aquel poema que quise leer
en tu ceremonia: al sacarlo,
descubrí que me hablabas