El afán de
los libros y su acumulación:
El ordenamiento, la disposición en función de la posibilidad, el avistamiento y el adorno.
de Ricardo Pohlenz
Debo haber tenido ocho años cuando decidí conformar una biblioteca. Mi desempeño como atleta no era el mejor, fuera corriendo o nadando o jugando fútbol, basquetbol o tenis. Traigo a cuenta el tenis por su impronta afectiva. Me viene a la memoria mi intento fallido al practicarlo de adolescente, la frustración de mi instructor y el estado de excepción que me requería para poder hacer el saque: botar la pelota varias veces, como quien no quiere la cosa, mirar esa lontananza fingida en el club, cerrar los ojos, invocar al santo patrón del tenis, y luego, lanzar la pelota al aire, levantar la raqueta para pegarle, apelando a un instinto sobrenatural: ese entregarse al azar dadaísta, en la espera –la súplica- de que hicieran contacto y la pelota fuera más allá de la red. El tenis era, más bien, una afición de mi padre, quien se sentaba a ver el abierto gringo o australiano, Wimbledon o el Roland Garros, así jugara Bjorn Borg contra Jimmy Connors, o más bien John McEnroe o Ivan Lendl, y si fuera alguien más, suponiendo ámbitos temáticos y temporales, se recetaba hasta la Copa Davis. Después de eso, nunca volví a ver tenis por televisión, pero esa debilidad me trae a cuento, por ejemplo a David Foster Wallace, quien fue mucho mejor jugador de lo que pude ser jamás y esa larga novela suya donde hace del deporte blanco una alegoría general del mundo. Lo que yo hago es caminar, como lo hizo –de manera sistemática y trascendental- Robert Walser, dado a mecánicas y rituales, entre la que cabe destacar su narrativa de lo inocuo, tanto uno como el otro adornan mi librero, paradigmáticos, Wallace como paladín o referente, nacido en los sesentas igual que yo, Walser como motor remoto –junto con Raymond Roussel- de las potencias y alcances que le quiero suponer –todavía- al ejercicio de la narrativa.
Los libros están ahí para llenar libreros, para adornarlos, para decirlos de un modo o el siguiente, llegas a casa de alguien y descubres sus libreros, vas y te asomas para darte una idea del dónde, cuándo y cómo, luego haces una o dos preguntas que esperan no ser impertinentes al respecto de un libro o el siguiente, a partir de lo cual confirmas patrones y preferencias. Recuerdo que esta afición por ver los libreros de los demás me viene de muy pequeño. En los años setentas pude apreciar, por ejemplo, cómo abundaba Leon Uris y Henry Miller en casa de mis parientes, había también algo de Herman Hesse, de Carlos Fuentes, y de William Peter Blatty. De este último, del que no hay mucho más, conservo una edición temprana de El exorcista, publicado en español por Emecé Argentina, de la que valoro –sobre todo y sin saber por qué- el diseño tipográfico, que me seduce, claro y escueto, desde sus páginas. De los otros conservo en mi acervo un Demian publicado por Alianza Española, La Región más transparente, en una primera edición en pasta dura que sustituyó otra, cutre ochentera, ambas del Fondo, dispuesta junto a un Cristóbal Nonato que no recuerdo si me firmó –hube de leerlo, eso sí, sin saber encontrarle algo más que su posmodernidad, pastiche futurista armado a partir del Tristram Shandy que hube de leer antes- y un breve volumen de Henry Miller, La sonrisa al pie de la escala, una edición ilustrada de Bruguera salida en los ochentas, dado que los Trópicos fueron y vinieron sin mayor impacto, más allá de la clasificación que le dio Guillermo De La Torre en su compendio de literatura de vanguardia (edición de bolsillo en tres tomos con tapas magentas que conservo todavía como apoyo para el ejercicio de la docencia). Miller era un iracundista.
Están los libros de uso, los libros de adorno y los libros como objeto de afecto. Los manuales y libros de texto van y vienen, se rolan y si no, se guardan hasta que llega el momento de tirarlos, cumpliendo con una utilidad ulterior. Los libros de adorno, entre más grandes, cumplen mejor su propósito, y los libros de afecto vienen a tomar un lugar preferencial y sintomático entre nuestros estantes, sea porque los hemos leído y nos han causado un impacto particular, sea porque fueron el regalo de una abuela o tía, un amigo cercano o de ocasión, o un novio o amante. Están también los que recibes, pro bono, por parte de las editoriales, cuando te has dedicado en algún momento a escribir sobre ellos o fuiste el director editorial de alguna publicación o tuviste a cargo una sección en algún diario a su respecto. Recuerdo no haber tenido empacho en publicar lo que pensaba de tal o cual libro, lo que además de rodearme de animosidades y rencores, despertó la curiosidad de más de un autor. Estuvieron –por ejemplo- alguno de mis encuentros con Carlos Fuentes, encantado de conocer a quien con tanto fervor lo denostaba con cada nuevo título publicado. Guardo un recuerdo grato de su persona, siempre dispuesto y elegante, con ese garbo con el que se anuncian las lociones y haute couture: un catrín absoluto. Hace un par de años, recuerdo, cuando me topé con esa primera edición de la Región en un tendido callejero, pregunté el precio, que me confirmó que no sabían lo que era. Ahora lo tengo en mi breve acervo, lo guardo en tanto objeto, como vínculo, algo que me dice una sucesión de lugares y momentos, que me llevan igual a diversos y emotivos highlights de mi vida privada como a su influencia en mi formación como autor. Es leerlo, pero también, tenerlo, venido a cuento, lo invocas, después de leído, se vuelve un contenido inherente, dicho en su posibilidad, sabido o sin saberse, convertido –de cualquier modo- en un bulto, un espacio ocupado, un objeto que se dice como adorno, sea en la casa de un erudito –recuerdo los libros que le servían de entourage a Ernesto de la Peña- o una casa pequeño-burguesa como lo mía, donde de niño sirvieron de adorno y posibilidad los clásicos de Bruguera, con lomos de cuero, vendidos a granel en una cadena de supermercados en los años ochenta. Esos libros siguen ahí, en tanto túmulo y como referencia, adornando un estante con algunos de los momentos más importantes de la literatura europea del siglo antepasado.
¿Habrá que buscarse algún grupo de apoyo frente a la acumulación? Los libros tienen sus canales de flujo y estancamiento, se van juntando según intereses y conmemoraciones: cuando han cumplido su función, cuando ya no está uno y no hay nadie que nos sobreviva que le interese esa acervo: se venden por lote o se donan para formar parte de una biblioteca, o serla, misma que puede o no puede llevar tu nombre, dependiendo de tu celebridad o tu influencia. La mía no deja de ser muy pequeña. Esto no es algo sobre lo que me pregunte seguido, la pregunta que me acosa más bien es sobre que se hará conmigo una vez muerto, dado que no tengo prevista –a diferencia de mis padres- esa eventualidad. Frente a esa eventualidad, los libros dichos, guardaran claves para quien quiera verlas, para quienes no, solo ocuparán espacio. Ahí estarán. Se diluirán o se conservarán, según sean las necesidades y circunstancias del momento, insisto, habrá quien se asome y, con niveles de lectura aprendidos, sea que sea semejante al mío o no, que lo supere o lo desdeñe, podrá dilucidar intereses, usos, fetiches y objetualizaciones. Cuesta trabajo deshacerse de los libros acumulados, siempre cuesta menos trabajo discernir que se queda, que se va, cuando los libros no son tuyos, pero, con un poco de entrenamiento, podemos conjurar todos nuestros apegos vanos, discriminando, dejando ir, sea ese libro incómodo, sea esa edición anodina, sea cualquier otra de las razones por las que conservamos uno y otro libro en la promesa que nos hacemos de leerlo en algún momento, después de haberlos leído o a sabiendas de que no lo leeremos jamás.
Hace unos años, descubiertas las estrategias de Marie Kondo para decidir qué se va, qué se queda, recurrí a su método para decidir qué libro iba a conservar y qué libro no: abrazas el volumen contra el pecho y te preguntas si lo quieres o no, asumo que es el inconsciente el que nos responde, más allá de presunciones, compromisos y agendas, y dado, quedado a compromisos, obligaciones y prejuicios reales e imaginarios. No puedo reducir todavía el número de libros que tengo a treinta (como referí en una breve crónica escrita hace unos años: “Un librero que llevar a cuestas”) pero recurro al susodicho método siempre que la sombra de la duda, más allá de lo emblemático u objetual, se aparece frente a un criterio que campea –tal cual- entre usos y afectos, son muchos más de treinta pero, lo que no recibe respuesta positiva de mi fuero interno, pues, se va. Justo en este momento, por ejemplo, a manera de experimento, me llevo al pecho dos libros, la obra poética completa de Samuel Beckett y el Otoño recorre las islas de Juan Carlos Becerra, hay un “sí” para el primero, un “no” para el segundo, que conservo dada su importancia durante mis años de formación, presentado por un compañero de tertulia adolescente y adquirido a muy bajo precio como resultado de la colección de lecturas mexicanas armada por la Secretaría de Educación Pública en los años ochenta. Lo conservo, me temo, por un solo poema emblemático, sobre el Batman de los sesenta, mismo que intervine hace no tanto haciendo un fanzine de difusión bastante limitada. Se va, supongo, se irá, mientras escribo lo decido: fotocopiaré el poema para luego dejar que el volumen siga su destino. Así será.
La pregunta sobre las razones por las que conservamos los libros que recibimos y, los que después, dado un vicio o costumbre, vamos adquiriendo, se diluye entre la manda y la costumbre, entre las taras emocionales que nos llevan a la acumulación y que los reduce a objetos, conjurando, precisamente, su peculiaridad, que los vincula a otras parafernalias domésticas, llevándolos al terreno de lo simbólico: los libros siempre están ahí, validados desde esa plataforma que comparte con las distintas actividades culturales y artísticas, sea la moda, la pompa o la circunstancia: hay momentos en lo que me resigno a pensar que los libros constituyen el material para estudios políticos, mediáticos y sociológicos, llevados de la mano de una novela tipo como la que publicó Umberto Eco en los años ochenta, y de la que recuerdo, sobretodo, a Sean Connery en la versión cinematográfica que se hizo después. La vocación visionaria –y cierto cinismo trascendental- llevarían a Eco a declarar, después, que escribir El péndulo de Foucault venía a ser una consecuencia lógica, llevando al extremo las premisas formales y conceptuales de su primera novela. No es lo mismo pero es igual, el impacto de esta segunda novela se debe al arrastre que tuvo la primera, verbigracias del midcult, Eco todavía, sobreponiendo instancias, recurriendo a un ejercicio que hace sublime lo superficial (cabe siempre pensar en todo el trabajo que lleva sintetizar la nueva fragancia que veremos descrita, sea en un espectacular, sea en un spot televisivo). ¿Será que las fragancias son como los libros? Pienso en ese momento en el que la “Insoportable” de Kundera era paseada por cuerpos impregnados en el Z-14 de Halston. Seguimos, con ello, en un lugar en el tiempo al que podemos añadir ropa, muebles y coches específicos, y que nos dice, más como objeto que por lo que contiene, al libro como parte de una construcción, campeando al igual que tantas otras cosas, como producto aspiracional. Queda preguntarnos siempre sobre su relevancia. Buscamos siempre hacer distingos, pero ¿qué distingue al libro de su versión filmada? ¿qué diferencia hay entre consumir o no palomitas mientras tanto? ¿Es parte todo de un rito? ¿Una narrativa creada al amparo de una luz en la oscuridad? ¿Un conjurar al mundo en el mientras tanto de su sucederse, sea en pantalla o congregados alrededor de un monitor, sea frente a un público o en público, transcurriendo en el tiempo, sean imágenes o palabras, recitadas o leídas, eso que nos lleva a conservar, como trofeos, los volúmenes que las guardan, cuál si fuéramos a volver a ellos (la poesía, para el caso, sirve mejor de placebo), del modo en el que no volveremos a ver todas esas películas que fuimos acumulando en otro tiempo, dado que las tenemos siempre a la mano, mientras haya internet, mientras sigamos conectados, vemos, leemos y escuchamos, cumpliendo con la profecía orwelliana del monitor omnipotente.
Caemos pues, insisto, en usos, costumbres y afectos. Si fuimos enseñados a acumular libros, lo haremos, si aprendimos a hacerlo en aras de cumplir o satisfacer carencias emocionales, lo haremos también: se vuelve un vicio, un acto de pertenencia, del cual resulta difícil desprenderse. Son nuestros herederos los que, por lo general, tienen la discreción para hacerlo, sea que los tiren, los regalen o los lleven en calidad de lote a una librería de viejo. Me asumo necio, dado que armar una biblioteca es un acto de necedad, dedicado a ratos a la docencia, a ratos a la crítica, ha venido a cumplir usos que van más allá del úsese y guárdese de la lectura (habría que redefinir ese úsese, insisto, habría que saber desprenderse –desaprenderse- habría que saber tirar). Bajo tal premisa, justo ahora, frente a todo lo que tengo acumulado a pesar de las purgas que han generado –sobretodo- las mudanzas, mismas a las que fui afecto en otro tiempo, su peso en esos momentos los hace metáfora del peso de cargas emocionales, supongo que las compensa con su peso, ves las cajas y piensas, todo eso: una historia personal armada de vínculos, ansias, promesas y cumplimientos. No me queda más que comparar mis libros con peluches, todo el Samuel Beckett dispuesto, el arca patafísica, el Finnegan’s leído entero de la manita de la biografía que le escribió Ellman a Joyce. Son referencias, como pueden serlo las pistolas, los autos, los relojes, la ropa de marca y la casa en Acapulco, objetos de afecto, al final, que nos dicen al haberlas habitado. Seguramente los libros desmerecen frente a otros atributos sociales y culturales, tienen la ventaja de poder contenerlos, de manera nominal, de una manera que no cabe en lo virtual, y sobre la que nos seguimos preguntando, más allá de todo lo que podamos decir desde las hermenéuticas vivenciales con las que alimentamos nuestras conversaciones y tiempos muertos. Pienso en mi pequeña biblioteca, lo que me hace sentir, así, sin abrir, hecha toda lomos, en su tiempo transcurrido, en su probabilidad, pero sobre, todo, en el ámbito emocional que crea en cuanto potencia, y que la equipara, en cuanto suma de objetos, con las figuras de barro y porcelana, las fotografías personales y demás parafernalia que ha acabado por armar una narrativa personal en la que igual confluyen Deleuze y Guattari que la edición que me obsequió mi abuela y su hermana del Corazón de Edmundo de Amicis en pasta dura, publicado por Editorial Época (la misma que publicó la edición emblemática en español del Trópico de Cáncer de Miller, y que nos ilustra los parámetros de consumo de lo literario para cierto grupo social: no es tanto lo que nos dice como lo que le dice a otros de nosotros mismos). De hecho, en última instancia, su uso está más en su exhibición que en su lectura, puedes mentir y decir que lo leíste, para cubrir la mentira puedes inventarte una cantaleta armada a partir de comentarios y referencias encontrados en el internet, como con el arte en general, hay que decirlo más que saberlo. El negocio –el encanto- está en que lo compres y lo exhibas, cumple con las mismas funciones y expectativas que el arte que se adquiere, según tu presupuesto, en galerías y jardines del arte. Puesto ahí, para verse. Puedes envalentonarte y, simplemente decir que no lo has leído todavía, que no lo leerás jamás, que cumple su objetivo estando ahí, listo para hojearse, para dejarse sobre una mesa, para formar y discurrir desde una lectura de los libros en tanto objetos, diciéndose más allá de su contenido, convertida en signos.
Queda ordenarlos y disponerlos según la función que cumplan –en mi caso, tiene que ver con acervos armados según las distintas especialidades que por angas o por mangas desarrollé a lo largo de mi carrera como crítico, en algún momento abocado a lo literario, pero desde hace rato dedicado al cine y al arte. Tengo la excusa de la referencia y consulta, para las que hace rato existen las redes, pero insisto, es por el objeto mismo, como puede serlo la Historia del Cine Mundial de Georges Sadoul, que, según descubro en redes, las nuevas ediciones tienen otra portada, no sé qué tan nueva. En algún momento, cuando me dediqué a reseñar las novedades literarias nacionales, llegué a generar un acervo considerable entre novedades y re-ediciones; de visita –en algún momento- en casas de colegas y amigos, he visto acervos considerables, armados entre el instinto por la acumulación que justificamos desde la necesidad de la consulta y la referencia, como he dicho antes, las mudanzas me han ayudado a discernir y discrepar, lo que dio al traste con gran número de novelas y libros de relatos. Tengo como referencia el canon de Bloom (aunque ya no lo tengo, pude consultarlo en algún momento) y aunque no me atengo a su criterio, en última instancia general, puedo apercibirme de la necesidad de lo literario, los usos que le caben como objeto y como vehículo, haciéndome pensar que toda luz literaria acaba por ser más un lujo que una necesidad. Me queda ese resquemor, de saberlo en última instancia, un vicio, y no tanto por leerlo como por tenerlo, atenido a la promesa que guarda el atractivo de su perentoria novedad, algo cuyo atractivo tiene que ver con acotaciones y referencias que, de un modo u otro, se remiten a afectos que se van adquiriendo según contextos y cercanías. Tengo aquí, por ejemplo, una edición del Ministerio de Cultura de Nicaragua de una antología de Rubén Darío que data de los años ochenta. Tiene el problema de algunos versos subrayados con resaltador, que nos refiere a alguien que, como alumno, tuvo –al igual que muchos de nosotros- que leer a Darío en la secundaria. El libro lo adquirí no para leerlo, aunque puedo llegar a hacerlo, como para tenerlo, como objeto; con lo que tiene otro uso al que pudo tener mi edición de Azul… publicada en su enésima edición por Espasa-Calpe, usado para la clase de español en la secundaria, aunque igual sea un objeto, encima político, con un apartado –cabe decir- que se intitula: ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?, que incluye cuatro poemas, uno para Roosevelt, otro para Colón, otro para los cisnes, y otro más, para Simón el Bobito, éste último, prefiguración profética de un producto cultural que cierra con los versos: “en el Continente. Calibán y Ariel, / suspiran por dollars, sapiencia y fusil / Simón el bobito y el Tio Samuel.”, que da pie a pasto para hablar en el aula de roles, hegemonías y supremacías. Citarlo aquí viene a desenterrarlo para todos aquellos que me estén leyendo, habrá quien busque el poema, (es fácil de encontrar), habrá quién vaya a comentarlo en su tertulia de los martes, habrá quien siga su camino sin prestarle mayor atención.
Así, me podría soltar a referir las particularidades que le constituyen a mi breve acervo, en el que se destaca, en mi afición por la acumulación y el coleccionismo, las publicaciones independientes en cuadernos y volúmenes de pequeño formato que constituyen un acervo marginal: las publicaciones de nicho, si cabe describirlas así, que se consiguen en ferias creadas para tal efecto y que sirven de cónclave para editores que se abocan a las particularidades de lo artesanal, produciendo libros y carteles de tirajes cortos y con un perfil alternativo en el que funcionan más como objeto y menos como medio (objetual, a fin y al cabo), constituyendo colecciones que se abocan a conformar cuerpos físicos de obra, por decirles de algún modo. No se trata de catálogos ni de libros ilustrados, editoriales como Gato Negro y el Taller de Ediciones Económicas, que nos abren nuestra perspectiva de lo que constituye un proyecto editorial, las semejanzas que puede tener con lo que cabe describir como un work-in-progress, haciendo de su proceso, de lo que es propuesto a la editorial independiente (¿será que las otras son dependientes?), a lo que es presentado en un foro o el siguiente, las distintas etapas que lo hacen constituirse como un objeto, transigiendo y transgrediendo las funciones que se le imponen en su uso como contenedor.
Así, mientras recorro puestos callejeros en pos de alguna veleidad remota, como el Rubén Darío nicaragüense de los ochenta, he venido recogiendo un acervo de publicaciones independientes en perfecto formato, sean poemarios, catálogos o libros objeto, que han venido a llenar un estante entero. Puedo querer pensar que los he ido reuniendo a manera de investigación, seducido por el atractivo de sus formatos y sus canales de distribución, dispuestos en el librero como un modo y un lugar (el fenómeno no es local, sé que se da a nivel mundial, y que llega a donde llega según el presupuesto), coleccionarlos me lleva a pensar que igual podría estar coleccionando cochecitos o trenes, y que más que libreros, podría haber dispuesto –como recuerdo que había en casa de un amigo de la adolescencia- una inmensa maqueta con valles y montañas atravesadas por las vías por las que corre un trenecito eléctrico arrastrando sus vagones. Uno y otro suponen veleidades: toda colección lo supone en su inutilidad quintaesencial, dado que no tiene una finalidad práctica, pero que, constituida por lo que puede describirse como una vocación por el catálogo (que en lo literario tuvo su consagración, siguiendo los caminos y patrones de la literatura potencial, en Georges Perec). La seducción del catálogo, verlo, tenerlo, recortarlo, pegarlo, en el afán inconsciente de la deconstrucción y resignificación: un pato, un tostador, unos pantalones vaqueros, al que seguimos recurriendo a partir del catálogo de iconos que nos ofrece el whatsapp para construir mensajes que, nos ahorran la molestía de recurrir a tropos y convenciones, un corazón o un emoji con ojos de corazón funcionan a veces mejor que un “te quiero” o un “te adoro”, sustituyéndose en nuestra percepción, haciéndonos ver la inconveniencia del texto; nos es tan cómodo grabar nuestros mensajes, más que escucharlos, eso es otro asunto, no hay paciencia para parar la oreja, leer es más rápido. Igual, está esa diferencia que encontramos entre leer en voz alta o con la cabeza, con esa voz que solo escuchamos y que de niños nos resulta tan fascinante. Yo la oigo pero tú no, la voz de mi pensamiento. La cara nos delata, al final.
Ahí están, la poesía de Maiakovski y su autobiografía, dos tomotes (que no tomates) listos para desbordarse, para gritar, más allá, tres tomitos de Abel Quezada: una segunda edición de los 48,000 kilómetros, en Joaquín Mortiz, salida dos meses después que la primera, la primera edición de los hombres verdes salida en el Fondo en el 85 y la edición vernácula de El mejor de los mundos posibles, publicado originalmente por Prentice Hall en el 63. Dos ediciones en Letras Cubanas de Nicolás Guillén, a quien le rindo culto, El libro de los sones, del 82 y la Nueva Antología Mayor. La vida y muerte de García Lorca de Marcelle Auclair publicada por ERA, o la edición en inglés del Crash de Ballard, que se me impone todavía, seducido por la consistencia –contingencia- de su estilo: su velocidad, la línea que corre y marca los bordes entre transformación y mutación. Más allá del culto arrobador que le rindo a Proust, a Joyce, a Musil, traducidos o sin traducir. Un culto por lo demás fácil, como el que le tengo a Pound o a Eliot, a Saint-John Perse, a Salvatore Quasimodo, que con su Ed è súbito será, que puede traducirse de infinidad de maneras, vino a trastocar en un sentido quintaesencial al mundo (desde mi punto de vista tan solo). El poema suma solo tres versos, y no necesita más: estamos solo, traspasados por un rayo de sol, y en seguida anochece, o, y de pronto la noche, o, y luego es de noche, todas dicen lo mismo, pero no acaban por ser iguales, en aras de lo que dice, en aras de como suena mejor. Cierto acervo lo vine adquiriendo a partir de las colecciones que vendían en los puestos de periódicos, fueran los premios Nobel, los títulos clásicos de Gredos –luego inasequibles en su edición original- o las novelas completas de Julio Verne, de quien conservo, todavía, la Vuelta al mundo en 80 días, en esa edición, que mantengo junto la publicación hecha, en tándem, de las 20,000 leguas de viaje submarino con el Viaje al centro de la tierra, por la Bruguera mexicana en el 77 de la edición española del 72. Debo aceptar que, a pesar de mis esfuerzos, nunca acabe de leer ni una ni la otra, semejantes en su formato y fórmula, al esquema de las aventuras del Capitán Kirk y el Señor Spock a bordo de la nave Enterprise (de la que derivaría, como fórmula, mucho me temo, The love boat; si no me creen, chequen y comparen, visos y vicios, el viaje de por sí, el viaje como descubrimiento, el viaje como redención. Están las fuentes a las que recurro para ilustrar los elementos que conforman la novela quintaesencial, sea las Impresiones de África, del ya mencionado Raymond Roussel, editada en español por Jacobo Siruela cuando Siruela era suyo, o el Locus Solus, también de Roussel, publicada en español en 2012 por Capitán Swing. Está por una parte, la literatura potencial, entre todo el Perec dicho y el par de volúmenes escritos por el colectivo Wu Ming (que no deja de ser, aun así, un solo autor) leído por partes, todavía por leerse y retomarse. Ahí está también, todo un acervo de patafísica, que pasa por Boris Vian y Raymond Queaneau y que llega a Ítalo Calvino y Jean Echenoz. Recuerdo cuando éste último estuvo en México y tuve la oportunidad de intercambiar algunas palabras con él, resultaba más bien tímido, pero había algo dicho o visto estando en frente suyo que esclarecía el proceso de su narrativa. En algún momento, me dediqué a buscar a Enrique Vila-Matas durante una u otra de sus visitas realizadas a México, quien aceptó firmarme un par de libros suyos, dibujando ese hombre de capa y sombrero en la portadilla y describiéndome como quien se va acercando misteriosamente. Tendría que ir a buscar la referencia, pero escribir estas líneas ha coincidido con un arreglo de mi habitación, toda llena de libros, que han ido a constituir pilas y pilas mientras se mueven los muebles, diciéndolos más allá del lugar donde han acabado por ser dispuestos, según sean libros de poesía o de ensayo, sean de pequeño o gran formato, sean de propios o extraños.
Este revoloteo, aunque no pueda decirse que los libros puedan hacer eso, revolotear, ha vuelto a poner en mis manos la novela gráfica Visionario de José Miguel González Casanova, publicada por la UNAM y la Universidad Politécnica de Valencia en 2013, misma que transgrede las convenciones del género, para crear un viaje visual donde las formas constituyen el pie para un narrativa que se constituye como un relato esencial de formas y procesos, junto a su Agenda oculta, editado por Gerardo González para Aldus, que supone, según sus instrucciones de uso, “un rizoma de libros y autores” donde cada quien le irá encontrando su uso, algo que resulta muy útil al realizar seminarios sobre bordes entre usos y formatos, lecturas y transcripciones, obras abiertas más allá del texto que contienen o que puede ser inferido a partir del medio al que se atiene: la construcción que lleva la representación a un extremo que nunca acaba por ser ideogramático. Entre los libros que apilan la mesa que vive –dispuesta- junto a mi cama, están, por lo pronto, el de simulacros de Stoichita, publicado en español por Siruela, el Viaje extraordinario al centro del cerebro de Jean-Didier Vincent, publicado en español por Anagrama, La revolución sexual de Wilhelm Reich (una primera edición, en pasta blanda, algo maltrecha, publicada por Roca en 1976), y La imaginación sociológica de C. Wright Mills, en una primera edición publicada por el Fondo en 1961. El título me sedujo de inmediato, un poco por el hecho de haber estado cerca de sociólogos en otro momento de mi vida, como de la posibilidad de una imaginación que pueda constituirse –o describirse- a partir de ella.
Estos títulos vienen a relatar un momento presente, un lugar en el tiempo, siempre fijo y siempre a punto de diluirse, algo que –visto- igual puede deducirse –o querer deducirse, en tanto pregunta- aparecidos de momento, en tanto medios –o médiums, si se prefiere- de una circunstancia transcrita, que suma tiempos, imaginados y potenciales, sean de lectura o escritura, sea de atisbos o descubrimiento. El armado, según puedo apreciar en la distancia, cumple con distintas necesidades, entre tener y discernir, entre acumular y desechar, entre lo leído y lo que está por leerse, aquello que se tiene solo por tenerse, aquello que se tiene más por el vínculo afectivo que contiene, el caso de los regalos, pero también, los libros dedicados por sus autores: queda siempre la incertidumbre –pues sucede, por alguna extraña razón- que tales volúmenes, en tal o cual tendido probable del futuro, lleguen a manos de quienes los escribieron. A mí me ha pasado: mira, mi libro, mira, está dedicado, mira, a fulano de tal, me llevo éste, sí, para dárselo a alguien más. Sucede con tus libros y con los de los demás, algún conocido, su libro dedicado, me llevo este también.
Se trata, por supuesto, de una línea de tiempo que se constituye a partir de aquiescencias, lugares y disposiciones: lo que se va y lo que se queda. Habrá de irse, insisto, cuando ya no esté, en tanto cuento de alguien más, si es que se le da la oportunidad de que llegue a manos de alguien que se formula cuentos de esta tesitura, los vínculos con aquellos editores que, como nuevos prometeos, vinieron a traernos libros inasequibles o de difícil acceso, según la moda del momento, pienso en el Paterson de William Carlos Williams publicado por Aldus en 2015 con traducción de Hugo García Manrique, la labor de Tatiana Lipkes, Juan Carlos Cano, Ricardo Cázarez, Jessica Díaz y José Luis Bobadilla, gran promotor –este último- de una poesía que fuera más allá de los parámetros impuestos por el grupo que rodeaba a Octavio Paz o cierta caterva de poetas, mejores y peores, que determinaron un hueco a ser llenado después. La publicación hecha de Ulises Carrión por Vivian Abenshunshan y Luigi Amara o la reedición de su Poesías a cargo de Roberto Rébora y demás, en Ditoria, en 2007. Está la labor de Damián Ortega con Alias, quien trae a cuento ediciones piratas, si cabe describirlas así, de un acervo que ya no es asequible, (tengo también, por ahí, lo que le agradezco, por culto y referencia, los libros que publicó de Cildo Meireles y Helio Oiticica). Pienso, por ejemplo, en la reedición que le hizo a De lunes en un año, replicando la edición original de Ediciones Era de 1974, traducida por Isabel Fraire y diseñada por Vicente Rojo, que supongo sucedió, en parte, por la amistad entre John Cage y Octavio Paz, mismo que descubrí escondido, en mis años de estudiante –todavía los años ochenta- en los anaqueles debajo de la mesa que El Parnaso le dedicaba a la editorial en cuestión. Rescates, reencuentros, puestas al día y puntos en un mapa temporal que viene señalando las transformaciones del paisaje del hacer, quehacer y deshacer poético, literario y artístico, casi secreto, y aún, a la vista y en evidencia: basta con escarbar un poco aquí y allá, o darse la vuelta a tal o cual feria alternativa de libros. Se aparecen como se aparecen luego, los santos.
Hay algo de vocación heroica, insisto, de necedad, teniendo los medios, o consiguiéndolos, no ha dejado de conformarse un mapa que intuye, desentierra y viene a traer a colación un mundo de lírica y objetualia que sigue definiendo el margen que determina un mercado, una oferta o una disponibilidad para algo cuyo peso ha sido transfigurado por la pantalla y la posibilidad de adquirirlo y descargarlo desde la comodidad de la propia computadora. Queda como camino, señalado primero con cuentas –cuentas viles, no cuentas de banco o de correo- luego con migas de pan, esas mismas migas de pan se las llevan los pájaros. Es así como lo inmediato pierde frente a lo remoto, que se impone como viaje, como descubrimiento, donde igual encontramos reductos fascinantes como aparadores iluminados donde toda promesa acaba en decepción. Hay un cuento para cada libro, un cuento que no depende del libro sino depende de uno, que lo ha visto apilado en alguna librería o feria o tendido en la calle, que lo diga en sus trajines, sucedidos o por suceder, me podría seguir, entregado al vicio de la enumeración, haciéndola de Scherezada –ahí las tengo, ligeramente hongueadas, las mil– refiriéndome a los libros como puertas, dispositivos, máquinas, todas dispuestas, según se quiera, a distintos usos. Insistimos en la lectura pública aunque nos hemos entregado a la lectura privada, a veces en silencio, a veces no, dado que hay que seguir ensayando, por si nos toca leer en algún lugar, ateniéndonos a sacar la voz desde el pecho, dado que la garganta no se desgasta pero se queja, cual si diéramos un discurso, pasadas las primeras páginas y habiendo que seguir. Si no soy el que leo, me pierdo, me dejo llevar por la voz y no por las palabras. Supongo que si tuviera un lector, no alguien que me lea, siendo autor, sino que me lea in situ, en lugar de lo que veo en la pantalla, le estaría requiriendo que regresara a tal o cual pasaje, o no lo haría, por vergüenza, habiéndolo perdido, listo para lo que viene, como quien va en avión o en tren, teniendo más un paisaje que un hilo de acontecimientos. ¿Qué puedo decir? Son en última instancia, objetos de afecto, lugares de presunción, artefactos de evocación. Aquí junto, por ejemplo, tengo un ejemplar de Animales en el agua de papel de Manuel Marín, publicado en 1996 por Petra en coedición con la Dirección General de Publicaciones de México. Un libro para armar, para desensamblar, todavía completo, de igual se guarda que se dispone, hecho de figuras y de cómo van y de cómo se transforman esas figuras. Su formato pide un guardado horizontal, un cajón largo donde pueda dormitar, hecho de pedazos –los conservo todos- dispuesto en su posibilidad para el niño que todavía somos, no tengo duda que esto de juntar libros así tiene que ver con alguna situación tenida con los mismos en la primera infancia. No tuve un álbum de Babar, pero apenas pude, y lo tuve enfrente, me lo compré, no lo tengo más, de seguro ha pasado a manos de quien todavía es un niño, tengo –eso sí- algunos recopilados del Batman aparecido entre un siglo y el siguiente. Ahí está, también, listo para usarse, el primer tomo de los Cuentos completos de Pierre Loti, publicado en México en 1945 por las Empresas Editoriales, con dos dedicatorias y sin cortar; el día que lo pensé, que lo quise, a Pierre Loti, se me apersonó, aparecieron los cuentos. ¿Fue una cita concertada o una invocación? Una cosa es el libro, como objeto, y otra el cuento que nos traemos, cual etiqueta que se le impone, cual ex libris que no se ve pero que sabemos decir.
Ricardo Pohlenz escribe poesía, dibuja poesía, ensambla poesía, interpreta poesía, desdeña poesía, elogia poesía, graba poesía en audio y video, objeta poesía, encuentra poesía, captura poesía, tira poesía, y sueña poesía.