Bibliotek Nöbbelöv
de Josephine Puebla Smith
La vista del mundo desde el séptimo piso: los tejados de Gunnesbo, parques, carreteras secundarias entre campos de trigo flanqueados por filas ordenadas de árboles, y a lo lejos, el estrecho de Öresund. En días despejados se vislumbra Copenhague: una línea negra irregular que divide el azul marino del azul celeste. Dependiendo del ángulo, también se aprecia, o desprecia, la central nuclear de Bärsebäck. Gracias a su deficiente sentido de la orientación, ella se imagina que justo detrás de Dinamarca, al otro lado del Atlántico, está México. Una idea consoladora para curar la nostalgia.
Lo que no se ve desde la ventana, cuando está sentada frente a su escritorio, es lo que hay justo debajo. Muy cerca, al otro lado de la calle peatonal que bordea el edificio, se encuentra la biblioteca pública del barrio.
Es verano. No hay nada que hacer. No hay nadie. Todo el mundo se ha ido de vacaciones menos ella. Tiene 14 años. Debería estar con sus amigos, descubriendo el mundo. En la televisión solo sale la carta de ajuste acompañada de un estridente pitido. Llama a la oficina de su mamá. Se lamenta. Su mamá le pregunta por qué no va a la biblioteca.
Baja, cruza la calle, después el patio, abre la puerta y entra. Reina un silencio acogedor. Filas y filas de estanterías llenas de libros. En el centro, un mueble de madera con decenas de pequeños cajones repletos de tarjetas. El catálogo alfabético completo de la biblioteca. Una tarjetita por cada libro.
Una de las bibliotecarias se acerca para ofrecer ayuda. En seguida está en la sección de literatura juvenil, entre la de cómics y las estanterías con revistas y periódicos. Hay sofás y sillones dónde hundirse a leer. También hay discos de vinilo y auriculares para escucharlos ahí mismo. Cierran a las cinco.
En verano, por las vacaciones, está permitido llevarse prestados hasta veinte libros por seis semanas. Obtiene el carnet de la red de bibliotecas de la ciudad. Ahora no solo puede llevarse los libros que quiera a casa, también forma parte de una cofradía.
Ese día elige diecinueve novelas para jóvenes, todas románticas, y una guía para ver las estrellas. El verano está resuelto y ya no se perderá observando los astros. Se dirige al mostrador. La bibliotecaria abre el libro y saca una tarjeta de la guarda anterior. Empapa el sello fechador en la almohadilla de tinta. ¡Chic-chic! Así, veinte veces. Después frota cada uno de los libros sobre el aparato que desactiva la alarma. Los coloca a su derecha. Sonríe. Ya está.
Regresa a casa. Saca los libros de la bolsa de papel del supermercado, uno tras otro, y los vuelve a hojear. Construye una torre con ellos. Durante seis semanas, cuenta con su propia biblioteca.
Lee la primera novela, una danesa de 1978 que se titula “¿Quieres ver mi ombligo?” La perplejidad se apodera de ella. ¿A esto lo consideran una novela de amor? ¡Por favor! Las siguientes novelas no son mejores. Menos mal que también se llevó la guía completa para ver las estrellas. Esas también se aprecian desde su ventana en el séptimo piso.
J. Puebla Smith se pregunta de vez en cuando qué habrá sido de la señora con el casco forrado de papel aluminio que solía ir a la Stadsbibliotek de Estocolmo.