Me apresuro por adoquines húmedos
tras una lluvia salobre,
rumbo al café de la calle Piwna,
a la vuelta de la
esquina, en algún rincón, fríen bacalao,
y junto al café indio,
una nube,
me dejo envolver en el
humo de jazmín.
A la sombra de la Basílica
relucen tesoros de ámbar,
recobrados del fondo de
las honduras bálticas
por manos afortunadas.
La calle del ámbar
—un desastre para mi cartera.
Como un huevo de codorniz,
pequeño, áspero,
amarillo, naranja, verde:
¿cómo imaginar siquiera el ámbar?
¿Cuál es auténtico?
Prueba sumergirlo en agua
—esta resina no se hunde, como el Titanic;
es caliente, no fría, como el jade.
Aquí hay un anillo con un insecto cautivo en su interior
—una abeja, un escorpión,
fosilizados hace millones de años.
Elijo un brazalete
de cuentas color nuez, como mis ojos.
Es mi talismán
en una ciudad de dragones marinos detenidos en las piedras.